Mientras las ganancias de Nokia caen en picada -cerca de un 40%- y la crisis obliga a sus accionistas a pensar en despedir a su CEO, Apple sigue intacta a pesar de los problemas evidentes del iPhone 4.
Desde la exclusión de la tecnología Adobe Flash en el dispositivo, que causara el enojo de usuarios y desarrolladores, pasando por la explosión del “Antenagate” que evidenció los problemas de perdida de señal del teléfono inteligente de Apple hasta la reiterada demora en el lanzamiento de la versión blanca del iPhone, la compañía de la manzanita viene protagonizando escándalos de proporciones globales.
Luz y sombras.
Sin embargo, la extraña fascinación del mercado en los productos de Apple tiene un protagonista excluyente: Steve Jobs.
El co-fundador de Apple encontró su estilo de vestimenta casual (jeans y camiseta negra) hace más de diez años, y luce este “uniforme” empresario en cada presentación que realiza la compañía.
También encontró el “idioma” perfecto para transmitir sus ideas, con muletillas reiteradas: “mere mortals” (los simples mortales), “boom!”, “un-believable” (in-creible), “huge” (descomunal), “wouldn’t it be [adjective]” (¿No sería [adjetivo]), “pretty cool, uh” (muy bueno ¿no?), “And One More Thing…” (y una cosa más…), entre otros.
Su “lenguaje” corporal emula (o quizás inspiró) a los pastores evangélicos; sus discursos y conferencias son eminentemente visuales y transmite y genera sentimientos más que vender productos. Incluso al presentar números y gráficos apela al costado emotivo más que al económico.
Sus puestas en escena reiteran siempre el mismo estilo, con fondos negros, proyector y sólo el gran Steve bajo las luces.
Hace muchos años, cuando Bill Gates y Steve Jobs competían por ser considerados los mejores lideres empresarios, se graficaba la diferencia de estilos con el siguiente ejemplo: paseaba Bill por las oficinas de desarrollo en Microsoft y, viendo a los programadores cansados, gritaba ¡quiera las 25.000 líneas de código para mañana a las ocho en punto!; por su parte Steve Jobs caminaba por las oficinas de desarrollo de Apple resolviendo el cubo de Rubik y, viendo a los programadores cansados, les invitaba una cerveza y se retiraba suspirando “que bueno sería tener esas 50.000 lineas de código para pasado mañana”… Los desarrolladores del Gigante de Redmond entregaban el trabajo a tiempo y caían desmayados, mientras que los de la manzanita lo entregaban al mismo tiempo y corrían a adular a Steve y luego seguían trabajando.
La fabricante finlandesa nunca tuvo un líder carismático y su perfil, más que bajo, siempre fue aburrido. Los problemas que experimenta su management son más de confianza que por comercializar productos malos.
De hecho, sus productos son excelentes, pero no son brillantes; les falta la iluminación seductora de un líder como Jobs que entusiasme y apasione al mercado, a sus accionistas, clientes y desarrolladores.
Para empezar, Olli-Pekka Kallasvuo podría buscarse un buen apodo.
A menos de tres años del lanzamiento del último fracaso de Bill Gates en el terreno de los sistemas operativos, Microsoft presenta Windows 7, que promete convertirse en el primer éxito de Steve Ballmer sin su amigo en la compañía.
La organización de las presentaciones locales del nuevo entorno del Gigante de Redmond fue dispar. En algunos países dio lugar a eventos espectaculares y en otros una mediocre -casi irrespetuosa- atención a la prensa especializada.
Desde el tañir de la campana en el NASDAQ, reproducido en el impresionante Jumbotron de Times Square en New York, hasta la inminente apertura de la nueva tienda de Microsoft en la Scottsdale Fashion Square de Arizona (oculta tras una pantalla protectora antes de su gran apertura), Windows 7 se apoderó de la atención del mundo tecnológico durante unas horas.
Llega ahora el momento de ver el comportamiento en la vida real del nuevo entorno, que llega con promesas de mayor velocidad, simplicidad, compatibilidad y seguridad para crear una experiencia de usuario más satisfactoria.
Parece ser ya una costumbre argentina tratar temas importantes en el Congreso Nacional que terminan siendo aprobados entre gallos y medianoches. El llamado “impuestazo tecnológico” no fue la excepción y ya obtuvo la media sanción de la Cámara de Diputados que le da pasaje libre al Senado para que se convierta en ley.
Es preocupante -o al menos interesante- ver como el gobierno encabezado por la Presidenta Cristina Fernández se esta encargando sistemáticamente de destruir todo lo bueno que se había hecho en el gobierno de su esposo Néstor Kirchner en materia tecnológica.
Durante la administración K (versión original) Roberto Lavagna, ministro de economía, y luego Daniel Filmus, ministro de educación, tomaron muy seriamente el desafío de reducir la brecha digital en Argentina.
Pero como el principio hollywoodense que afirma que las segundas partes nunca fueron buenas, esta versión “clase B” de la administración K no tiene un interlocutor válido para impulsar políticas que mejoren la calidad en el acceso a la tecnología de los argentinos, a pesar de existir ahora un Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva.
El pobre ministro Barañao ni siquiera habla cuando está presente la presidenta, quien se lanza a inventar a “Maikel Microsoft” o a alabar a Bill Gates, co-fundador de Microsoft- en las oficinas locales de su archienemigo Google. Se trata de la misma presidenta que llega tarde a las reuniones con otros presidentes, culpando a quien tenga más cerca, por su necesidad de divismo y algún probable trastorno bipolar (antiguamente conocido como psicosis maníaco-depresiva).
En los 612 días que lleva su mandato, cambió varias veces a su jefe de gabinete y a su ministro de economía, y sin embargo no hubo prácticamente reuniones de gabinete, las decisiones se tomaron en la intimidad del binomio presidencial, KFC (no, no es Kentucky Fried Chicken, es Kirchner y Fernández co-gobernando). Las alianzas políticas y económicas las concretan con el dictador militar Hugo Chávez y no con el presidente nacido del sindicalismo, Lula Da Silva.
Tras la derrota electoral -que puede contener varios mensajes- no se hizo ninguna autocrítica y se continuó por el mismo derrotero autoritario con piel de progresista. Durante años no hubo conferencias de prensa presidenciales y las pocas que “graciosamente se otorgan” actualmente reafirman el modo dictatorial con el se manejan desde el ejecutivo. Preguntas, una, repreguntas, jamás.
Paradójicamente, un pseudo gobierno “progre”, del pueblo, sube los impuestos a productos tecnológicos, aumentando la brecha digital en el país, mientras que partidos políticos como el PRO, dan pelea en el congreso para que no se apruebe esta locura cristiniana. Es que hasta el más distraído estudiante de economía sabe que esta medida no va a mejorar la recaudación y que si va a lograr distanciar más a la tecnología de las familias argentinas.
Tierra del Fuego no es ni por asomo la sombra del Polo Industrial de Manaos en Brasil. Por este camino tampoco lo va a ser.
En prácticamente todas las redes sociales existen causas que desaprueban la sanción de esta ley, sitios creados por cámaras empresarias explican todo el proceso y vislumbran el futuro, pero parece que en la Casa Rosada sólo se lee el diario de Yrigoyen, se ve la tele de Tinelli y se navega por las páginas de educ.ar.
A estas alturas sólo me quedan dos caminos: pensar que el matrimonio “K” no entiende a la industria TIC o que si la entiende y quiere que el negocio prospere saludablemente, pero en otro país, no en Argentina.